I.E.M. – Parte 2 – La ceguera

(noviembre 15, 2007)

El evangelio según I.E.M. – La ceguera

I.E.M. no dio nunca un centavo por nada.

I.E.M. no conoció jamás nada merecedor del apelativo de “sagrado”.

I.E.M. prejuzgó, luego escuchó y prejuzgó de nuevo. I.E.M. fue siempre rosario de prejuicios.

I.E.M. conoció las historias, conoció a los actores, conoció el sin sabor de todas las historias y que no hay sabor nuevo.

I.E.M. ha estuvo siempre profundamente enamorado de las cosas estúpidas por su estupidez misma, por los colores que la tiñen, por el olor que de ella emana, por ser siempre esa trampa de luz y el vacío, reflejo de piedra que es.

I.E.M. no aspiró a la pureza, ni a la pulcritud inerme. I.E.M. nació mezcla de yin y yang con el alma escapándose por el ombligo en fuga apresurada.

I.E.M. es un nombre robado por orden alfabético.

I.E.M. vive, vivió y vivirá en la ceguera, resultado de múltiples opciones y el azar, azar de siempre, de la co-ti-diaaaaaaaaaaaaaa-nei-dad. D mayúscula insertada en el cerebro para poder llenar vacíos en conversaciones.

I.E.M. opinaba sobre la ceguera 4 cosas:

La ceguera es inherente a la estupidez.
La ceguera es consecuencia de la voluntad.
La ceguera provoca voluntad de mayor ceguera.
La ceguera desmboca en voluntad de otras discapacidades.

I.E.M. a veces cerraba sus oídos al ruido tan lleno de nada que suele haber en la vida. Por eso, I.E.M. tuvo siempre el hábito de cantar y de mover las piernas.

I.E.M. decidió desde muy jóven, aprender a imitar toda clase de sonrisas.

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