I.E.M. – Parte 6 – Hablar

(diciembre 21, 2007)

El evangelio según I.E.M. – Hablar

El hombre tiene desde siempre la inagotable afición de hablar. Bien conveniente sería que al menos de vez en cuando, tuviera algo que decir.

El hablar consiste en una comunicación empática y emotiva entre los interlocutores, lo demás es sólo ruido.

El emisor de ruido es una pena por sí mismo y por el afán de envolver a los demás en ese sin sentido de la cotidianeidad que lo aleja del ser. La emisión de ruido es siempre deleznable. Es vicio terrible desviar la naturaleza del ser.

I.E.M. escuchó al Dios de Huidobro:

“Creé la lengua de la boca que los hombres desviaron de su rol, haciéndola aprender a hablar… a ella, ella, la bella nadadora, desviada para siempre de su rol acuático y puramente acariciador.”

I.E.M. intentó acariciar con la lengua en forma de viento, en forma de tinta, en forma guante, en forma de lengua.

I.E.M. jamás aprendió a hablar.

El hablar requiere una cantidad considerable de energía, por tanto, es importante hablar sólo cuando es útil al ser. Cuando quieras decir algo, detente y piénsalo bien. Si estás seguro de lo que vas a decir, detente y piénsalo de nuevo.

La mayor parte de las palabras no sirven a nadie ni a nada, son sólo distracciones para evitar que la contemplación recaiga en el propio ser o en el ajeno.

I.E.M. escuchó muchos discursos y nunca percibió diferencias entre ellos.

I.E.M. espera aún el día en que sea dicho el discurso definitivo, poesía, que reúna en sonidos la historia de todo hombre, todo saber, todo sentimiento, toda sensación, todo el ser. Tras ese día ya no habrá nada que decir.

I.E.M. considera aún que es labor de todos los días buscar el discurso definitivo.

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